martes, 5 de mayo de 2009

JOSEF MENGELE, EL ANGEL DE LA MUERTE

Josef, pese a ser el primogénito, no tenía el más mínimo interés en apoyar la floreciente industria de implementos agrícolas de su padre. Era la más importante de la región, y esto le había dado a la familia una gran posición dentro de la sociedad de Bavaria, en Alemania, pero Josef tenía otras intenciones.
El señor Karl, padre de Josef, pasaba largo tiempo en su laboratorio, inventando máquinas que permitieran automatizar todas las labores agrícolas. Esto sí le agradaba al primogénito. La investigación era algo que lo seducía, pero le aburría realizar otras labores en la empresa.
El padre de Josef era de duro carácter. Cuando llegaba a la fábrica lo hacía gritando; y su madre parecía estar hecha con el mismo molde. Era una devota católica, piadosa, aunque muy recta de carácter y de dura disciplina. Josef creció prácticamente sin cariño, y lo único que le interesaba era hacer algo muy grandioso que lo destacara en la vida.
Su familia era poderosa económicamente; en su fábrica laboraban 1200 personas, así que hubo los suficientes recursos para enviarlo, en 1930, a la universidad de Münich, ciudad que se convertiría en un centro de agitación política. Allí escuchó por primera vez a Hitler, con un discurso sobre la superioridad de la raza germana. Infinidad de estudiantes lo apoyaron de inmediato. Entre ellos estaba Josef Mengele. Se hablaba mucho de que el pueblo alemán jamás podría florecer, mientras los parásitos judíos, gitanos y otros indeseables lo estuvieran contaminando.
Se hablaba de la “herencia” y la “eugenia”, términos utilizados por la comunidad científica que apoyaba a Hitler. La eugenesia se convirtió en una palabra sagrada, un término creado por el primo de Charles Darwin, Francis Caultin, que literalmente significaba “buenos genes”. Los estudios realizados con animales, por este hombre, iban en el sentido de mejorar la raza. Y según él, esto podía aplicarse a la raza humana, para crear una mejor sociedad, con gente más exitosa: gente superior. Sin que Caultín se lo hubiera propuesto, preparó con sus ideas el campo para una de las más grandes tragedias de la humanidad.
En 1934, Josef Mengele, se unió al Partido Nazi, pero siguió sus estudios y recibió un doctorado en Filosofía, para luego aprobar los exámenes de ingreso a Medicina. Se trasladó a la Universidad de Frankfurt y comenzó a investigar en el Instituto de Herencia Biológica e Higiene Racial bajo la tutela del doctor Ottmar von Verschuer, ardiente nazi y especialista en la ciencia eugenésica, mediante la cual se crearía la raza superior.
Al concluir sus estudios de medicina, Josef Mengele, hizo el juramento de Hipócrates, Padre de la Medicina: "El régimen que adopto será para el bien de mis pacientes, y no para su perjuicio. No administraré drogas a ningún paciente ni entraré a casa alguna, sino para beneficio de los enfermos".
Mengele se hizo miembro del cuerpo de elite Waffen SS, una organización que exigía pureza racial en sus miembros, cónyuges y familiares hasta la cuarta generación. Cuando decidió casarse con Irenna, hubo un interrogante acerca de sus antepasados, porque uno de ellos fue hijo extramatrimonial y había dudas acerca de sus ancestros. Mengele debió redactar documentos afirmando que no existían rastros de impurezas raciales ni sangre judía, algo que sería un pecado imperdonable para un oficial nazi de su jerarquía.
Con el ataque de los nazis a Rusia, Mengele y su unidad fueron movilizados al frente; poco después fue herido en combate, lo cual luego le mereció condecoraciones: la Cruz de Hierro en Primer Grado, y luego la Cruz de Hierro en Segundo Grado, un honor al que muy pocos accedían. Cuando sus heridas sanaron fue declarado no apto para combate. Por ello se ofreció voluntariamente como médico de campamento: es decir, como médico en los campos de concentración.
¿Porqué le interesaba a alguien de su nivel, con sus altas decoraciones y deslumbrantes antecedentes ir a un sitio como Auschwitz?. Josef Mengele tenía en mente una de las más terroríficas ideas que lo llevarían a convertirse en “El Ángel de la Muerte”.
Los médicos del campamento se hacían cargo de los judíos que llegaban en los trenes, para ser confinados en aquél terrible campo de concentración.
Estos doctores tenían un poder terrorífico. Separaban a los prisioneros, enviando a unos a la cámara de gas, y a otros, que les parecían adecuados, los seleccionaban para sus experimentos.
Mengele estaba totalmente empeñado en encontrar la forma de crear una raza aria pura. Y la mejor forma de lograrlo, desde su punto de vista, era experimentar con aquellos pobres infelices.
Sentía predilección especial por los gemelos y los enanos, pensando que en ellos encontraría la respuesta para incrementar la raza aria. Por ello los sometía a torturantes experimentos. Se preguntaba si provocándole dolor a uno, el otro también lo sentía. Estaba dispuesto a entender en su totalidad el mundo de la genética. Pero también quería crear niños perfectos con ojos azules. Así que a sus pobres víctimas les inyectaba tintes en los ojos para ver si podía hacérselos de color, provocándoles ceguera y otros daños mayores. Mas esto no era problema que le quitara el sueño, porque todos sus fracasos terminaban siempre en la cámara de gas.
En la pared de su sala de experimentación exhibía muestras de ojos, desde el amarillo pálido hasta el azul claro. “Estaban clavados como mariposas...” dijo uno de los sobrevivientes.
Contó para sus maléficas prácticas con más de 200 gemelos de entre los 2 y 18 años. Y podía hacer lo que quisiera con ellos. Sus resultados los enviaba al Instituto Kaiser de Berlín, a su maestro Von Verschuer, quien trabajaba con el mismo propósito.
Mengele paseaba por el campo de concentración provocando el terror. La tensión invadía por igual a prisioneros, guardias y médicos. Era el rey absoluto del lugar. Siempre se presentaba con un uniforme impecable y sus botas de cuero perfectamente lustradas, muy elegante, como un caballero refinado. Más tras aquella pulcra apariencia se ocultaba una bestia terrorífica que actuaba de una forma totalmente impredecible. En cierta ocasión llevaron ante él a un jovencito prisionero que había robado un poco de carbón para calentarse. Mengele sacó su pistola y le disparó a ambas rodillas, luego lo tomó del cabello y la disparó a la cabeza. “Robar está prohibido, y ustedes deben respetar las reglas de este lugar”, dijo a todos los presentes, para luego salir caminando como si nada hubiera ocurrido.
Mengele era un excelente pianista (incluso existe una grabación suya, cantando y tocando), y solía seleccionar a las jovenes judías más hermosas para pasar con ellas noches de música y placer, entre bebidas y notas de piano, más al final, por la mañana, todas sus bellas acompañantes terminaban en la camara de gas.

La mente de Mengele operaba como la de un científico, concentrándose en sus estudios sin que intervinieran en él los más mínimos sentimientos. Su mente de científico parecía justificarlo todo. Les inyectaba de todo a sus víctimas: cloroformo, nafta, insecticidas... quería saber que pasaba. Algunas veces lo hacía directamente sobre el corazón de la gente, teniendo un promedio de 60 víctimas diarias. Una de sus acciones más monstruosas era el realizar vivisecciones, que es lo mismo que una autopsia, pero con la gente viva y sin ninguna anestesia. Le urgía saber cuales eran los límites de tolerancia que podía tener una persona al dolor.
El 26 de noviembre de 1944, Einrich Himmer, máximo jefe de la SS, telegrafió a todos los comandantes de Campo ordenando suspender las muertes. Estaban perdiendo la guerra y había que desmantelar los campamentos. Pero a Mengele le faltaba un poco más de diversión, así que escogió a 461 de los prisioneros recién llegados y los mandó directamente a la cámara de gas. Aquello sucedió mientras se escuchaban cada vez más cerca los cañones rusos que se acercaban a ellos. En cuanto se cometió su último crimen, Mengele tomó todos sus escritos e inició la huída.
Poco tiempo después fue detenido por una unidad norteamericana, pero era tanto el desbarajuste de la posguerra, que fue liberado mostrando una falsa identificación.
Mengele recogió todos sus papeles relacionados con los experimentos humanos. Permaneció un tiempo en Alemania con un nombre falso y luego salió de Europa al enterarse por sus contactos que varios de los líderes nazis habían huido rumbo a América para salvarse.
Se fijaron 3.4 millones de dólares de recompensa por su captura. Pero Mengele siempre supo escurrirse con documentación falsa, encubierto por muchos de sus simpatizantes. Así deambuló por diversos países sud americanos hasta llegar a Brasil. Vivía siempre lleno de miedo. Dormía en una pequeña habitación, con una pistola al alcance. En 1976 recibió la visita de su hijo, a quien le aseguró nunca haber hecho nada incorrecto, que solo seleccionaba a los prisioneros para encomendarles faenas. Por supuesto que su hijo le creyó.
Nunca pasó nada, nadie logró jamás dar con su paradero. En 1979 fue invitado a pasar un día en la playa, a 50 millas de Sao Paulo. Mengele se introdujo al mar, hasta que el agua alcanzó sus rodillas. En ese momento desapareció. Sufrió un ataque cardíaco, cayó al agua y se ahogó.
En 1985 sus perseguidores llegaron hasta su tumba y solicitaron la exhumación. Expertos forenses de estados Unidos, Alemania e Israel se encargaron de las investigaciones. Se enviaron muestras óseas a Inglaterra, donde existen bancos de datos para su comparación. Esa comparación se retrasó muchos años debido a que la ex esposa de Mengele, Irenna, y su hijo Rolf, se negaban a dar muestras de sangre. Frente a la fábrica Mengele, propiedad de los herederos, se armó una gran manifestación de los sobrevivientes del holocausto. Su grito era “Nosotros entregamos la sangre de millones en Aushwitz. ¡Cómo pueden negarse a dar una simple gota, para el estudio de la verdad.
Las autoridades alemanas presionaron a Rolf y su madre, y se obtuvieron las muestras requeridas. El examen de ADN confirmó que aquél hombre sepultado en Brasil era Josef Mengele. A pesar de todo ello, muchas de las víctimas o sus descendientes quedaron inconformes con la forma de su muerte. Sintieron que después de todas sus atrocidades, la muerte fue sumamente benévola con él. Hubieran preferido una muerte lenta y dolorosa, pero murió prácticamente como cualquier anciano. Y nadie pudo cambiar en lo más mínimo el destino.